16.2.16

El hijo del pintor

El pasado 12 de febrero se celebró en la Casa del Lector de Madrid la quinta sesión ya del ciclo CHARLA ENTRE TRADUCTORES, que creé entre Barcelona y Madrid hace unos años. En esta ocasión entrevisté a Marinella Terzi, traductora de obras de Michael Ende como El ponche de los deseos o El secreto de Lena, editora durante veintiún años en SM, que actualmente realiza trabajos editoriales como autónoma y lo combina con la escritura de sus propios libros. El hijo del pintor, editado en 2015 por Anaya, es una de sus últimas publicaciones y está inspirado en la infancia de Michael Ende.
A continuación, sin que sirva de precedente, tenéis la entrevista íntegra. Espero que la disfrutéis.
Foto de Consuelo Gallego.
Noemí: ¿Cómo se te ocurrió la idea de escribir este libro?
Marinella: Creo que la idea bullía desde hace muchos años en mi cabeza, pero sí hubo un detonante. En realidad, Ende siempre ha sido un autor por el que he sentido gran admiración y, además, por esas casualidades de la vida, he tenido la oportunidad de acercarme a su obra y a su persona en varias ocasiones. Empecé a leerle a los ocho, nueve años, cuando no sabía nada de él. Jim Botón y Lucas el maquinista, el primer libro que él escribió, fue también el primer libro que leí yo de él, y me gustó muchísimo. Después vino la segunda parte: Jim Botón y los trece salvajes. Son dos libros que todavía conservo desde mi infancia. A pesar de los cambios de vivienda que ha habido, siempre han ido conmigo. Muchos años después, cuando yo ya era adulta, llegó La historia interminable. En esa época la novela me dejó sorprendidísima, era algo absolutamente diferente a lo que había leído hasta entonces. En ese momento decidí indagar más sobre su obra y descubrí que era el autor de aquellos dos libros que habían marcado mi infancia. Luego vendrían Momo y tantos otros, y, con el paso de los años, la posibilidad de traducirle e, incluso, de conocerle personalmente. Descubrí que su padre era pintor, y pintor surrealista, además. La pintura, y la pintura surrealista concretamente, me interesan. Ya en un libro anterior –Falsa naturaleza muerta- hablé de ellas. Como escritora, siempre he tenido claro que, por mucha ficción que escribamos, todo lo que creamos tiene que ver íntimamente con nuestra forma de ser y con nuestra vida. Estoy convencida de que Ende imaginó y escribió lo que escribió porque vivió lo que vivió junto a unas determinadas personas: y su padre era, sin duda, una de las que más le influyeron. El detonante que me hizo ponerme a novelar su infancia en El hijo del pintor fue un libro de un autor alemán, Alois Prinz, y la forma de llegar a él también fue absolutamente casual. Por mi trabajo como lectora freelance tuve que hacer el informe de una biografía sobre Jesucristo que había escrito Prinz. Me gustó el libro, busqué datos del autor en Internet y descubrí que tenía un libro titulado Rebellische Söhne, que hablaba justamente de las relaciones entre distintos padres e hijos, entre ellos, Edgar Ende y su hijo Michael. Encontré el libro en la librería alemana de Madrid, lo leí y, a partir de ahí, mi idea empezó a materializarse.

N: Algunas de las anécdotas que cuentas, como el encuentro de Edgar Ende y Luisa Bartholomä, las he reconocido. Esta en concreto la leí en la página de la asociación que cada año celebra un festival en honor a Ende en Garmisch-Partenkirchen. Cuando mencionas, por ejemplo, el armario que le pintó el padre me hizo mucha gracia porque lo vi en persona en el museo de Múnich. ¿Cómo te documentaste para los datos auténticos de esta historia? 
M: Básicamente el libro que yo he escrito es ficción. En él hay personajes y hecho inventados de principio a fin, pero intento retratar la atmósfera en la que se movía Ende de pequeño: un mundo lleno de arte y cultura, pero también duro, falto de libertad y resquebrajado por el nazismo. Ahora, es verdad que en él he introducido vivencias y objetos reales que aparecen en las distintas fuentes de las que me serví: el primer encuentro entre los padres del escritor proviene de esas fuentes, concretamente del libro de Alois Prinz y también está reflejado en la página web oficial del autor. Hablar de cómo empezó la relación entre los padres del escritor me parecía casi imprescindible para comenzar mi libro y creo que esa mercería, llena de cachivaches y de piedras, tiene un toque muy literario, y muy de Ende, además. El armario era importante para Ende y por eso lo empleé en mi historia. Era un regalo de su padre y estaba decorado por él. Yo quise ir más allá y utilizarlo como un símbolo. En mi libro, en la parte trasera del armario, Edgar Ende pinta el horror, eso que ocurre al lado de sus hogares y que en teoría los alemanes de a pie no conocen: personas desaparecidas, vejadas, masacradas. Después, él también las hace desaparecer a brochazos negros: se las traga la nada de los hombres grises.

N: Me llamó la atención que al niño lo llamen Micha, ¿era así en realidad? 
No tengo ni idea de cómo le llamaban familiarmente en casa. Pero Micha es el diminutivo de Michael, así que no es tan descabellado pensar que fuera así. En El hijo del pintor yo hablo básicamente del hogar y, por eso, necesitaba un apelativo cariñoso, algo usual entre padres e hijos. Además, no quería emplear el nombre con el que Ende es reconocido por todos sus lectores. Entonces él no era todavía el Michael Ende que escribía libros, era solo un niño pequeño, reflexivo, imaginativo, que absorbía lo que tenía a su alrededor y, así, modelaba su carácter; alguien que, un día, años después, acabaría siendo el escritor Michael Ende, con todas las letras.

N: En su lectura también nos encontramos con referencias continuas a obras de Michael Ende: tortugas centenarias, el tiempo, los hombres grises, desiertos multicolores, dragones de la suerte… El hijo del pintor claramente está dirigido a un público infantil, pero como Ende, ¿pensabas también en posibles lectores adultos que ya hubieran leído esas novelas?
Sí, es lógico que fuera así, porque si en sus obras Ende hablaba reiteradamente de las tortugas o del tiempo, es porque le interesaban estos temas. E imagino que sería desde siempre, desde su infancia, que es cuando se forja el carácter de las personas. Aunque el libro es corto, los editores hicieron muy bien incluyéndolo en la serie Azul, destinada a niños a partir de 12 años. Pienso que es un libro que se puede leer como una historia de ficción más, sin ni siquiera saber que los personajes existieron en la realidad. Pero también creo que eso ocurre en un primer estrato y este libro tiene varios niveles más. En ese sentido, pienso también que puede interesar a los adultos, cómo no, y si son admiradores de Ende, mejor que mejor. Cada lector elige -consciente o inconscientemente- dónde quedarse, contentarse con hacer un agujero diminuto o excavar un hoyo profundo. Yo trato de darles las herramientas, la pala para cavar, pero ellos deciden hasta dónde llegar.

N: Al hilo de las referencias a sus libros, hay un momento en el que describes a Michael Ende en el patio del colegio rodeado de un corro de niñas a las que les apasionaban sus historias y entre ellas está Krista. Ese nombre me suena de algo… Bastián tenía una amiga llamada así, bueno, escrito diferente, Christa. ¿La amiga del protagonista de La historia interminable está inspirada en esa amiga del colegio o la amiga del colegio de El hijo del pintor está basada en la amiga de Bastián? 
M: Quiero pensar que la amiga de Bastian está inspirada en la amiga que su creador tuvo en su primera infancia, pero, claro, no puedo afirmarlo con seguridad. Solo sé que entre los amigos que Michael Ende tuvo de pequeño estaba una niña llamada Krista y que para él fue lo suficientemente importante como para recordarla a la hora de hablar de su infancia.

N: En el capítulo 2 la familia se traslada de Garmisch a Múnich y nos describes el barrio bohemio, que es donde precisamente se fueron a vivir, Schwabing, del que se puede leer bastante en Carpeta de apuntes, un libro que desde mi punto de vista es imprescindible para cualquiera que quiera conocer mejor al escritor. Al final del capítulo 3 dices «muchos años después tuvo también su propia caja de ideas. Estaba llena de papelitos con frases escritas y también de recortes de periódicos y revistas…». Haces referencia a esta última publicación, ¿verdad?
Muchos escritores -yo diría que todos- guardan anotaciones sobre hechos que no quieren olvidar y que pueden servirles para libros futuros. Algunos fructifican y se transforman en historias, otros no pasan de meras frases. Hay escritores que los apuntan en cuadernos, otros en el ordenador o la Tablet directamente. Ende tenía una caja de ideas. Esa fórmula la heredó de su padre. El pintor hacía los primeros apuntes en tarjetas, que guardaba en una caja, y solo algunas de esas tarjetas llegaban a ser cuadros mucho tiempo después. Entiendo que el libro de “Carpeta de apuntes” parte de esa caja y en él hay poemas, relatos, artículos, simples comentarios. De hecho, ese es su título original: “Michael Ende´s Zettelkasten”.
Foto de Lidia Pelayo
N: Llamas a los nazis «hombres grises». Sin duda le debió de marcar muchísimo haber vivido ese periodo de la historia en Alemania y más aún cuando su familia no se consideraba «políticamente fiable». Me gustó mucho su escrito «La abuela está sentada en el jardín chino» donde relata cómo vivió el final de la guerra. ¿Crees que Michael Ende hablaba del nazismo en Momo o es un símil que has querido plasmar en tu libro? 
M: El nazismo fue una época terrible y los primeros que lo pasaron mal fueron los millones de alemanes que no comulgaban con esas ideas. La familia de Ende era una familia abierta, liberal, amante de la cultura, que a la fuerza tenía que chocar con la intransigencia y con el fanatismo. La pintura de Edgar Ende, como toda la pintura no realista, fue tachada de arte degenerado -Entartete Kunst- porque, según los nazis, no era pura ni heroica, y se le impidió pintar como a tantos otros (Max Ernst, Chagall, Klee, etc.). Eso es censura y no hay nada peor que impedir crear a un artista. Honestamente, no sé si los hombres grises de Momo se basan en los nazis. En principio, ellos solo querían adueñarse del tiempo de las personas y los nazis pretendían ser dueños de sus vidas, por entero. Pero sí eran intolerantes, siniestros y grises, en el sentido de «mediocres», gente con orejeras que no veían más allá de sus narices. Evidentemente, tenían muchas concomitancias con ellos. Ende dice en Momo: «Ellos -los hombres grises- se habían hecho sus planes con el tiempo de los hombres. Eran planes trazados muy cuidadosamente y con gran previsión. Lo más importante era que nadie prestara atención a sus actividades. Se habían incrustado en la vida de la gran ciudad y de sus habitantes sin llamar la atención. Paso a paso, sin que nadie se diera cuenta, continuaban su invasión y tomaban posesión de los hombres. Conocían a cualquiera que parecía apto para sus planes mucho antes de que este se diera cuenta. No hacían más que esperar el momento adecuado para atraparle.» Yo veo ahí los primeros movimientos de los nazis en los años veinte. No olvidemos que el primer intento de Hitler por tomar el poder se produce en Múnich, la ciudad donde vivía la familia Ende. De Múnich Hitler llega a ser Führer de toda Alemania y, de ahí, a pretender conquistar el mundo entero. Pero, claro, solo es una interpretación mía.
En cuanto a «La abuela está sentada en el jardín chino», sí, a mí también me gustó muchísimo. Refleja muy bien ese sentimiento de desolación por la barbarie que ocurre en un país que es el tuyo y al que quieres. Un pesar tan profundo que nunca consigues aliviar, como dice Ende en sus páginas.

N: Como hemos dicho antes, además de escritora, también eres traductora y a finales de los ochenta tradujiste El ponche de los deseos junto a Jesús Larriba. ¿Qué representó para ti poder traducir a Michael Ende?
M: En realidad, la primera vez que traduje a Ende fue un año antes, en 1988. El libro es un álbum ilustrado que se titula El teatro de sombras y trata de la muerte nada menos. Traducirlo fue un placer y también una gran responsabilidad. La traducción de El ponche de los deseos me produjo sentimientos encontrados. Por un lado, el libro me gustaba mucho y, por tanto, el proyecto me ilusionaba, suponía un reto importante. Por otro, Jesús Larriba y yo tuvimos que luchar contra el tiempo y eso nunca es bueno a la hora de traducir y menos con un libro como este, que era extenso y complicado.

N: ¿Cómo surgió este encargo? ¿Cómo fue la experiencia de trabajar a cuatro manos?
Tanto Jesús como yo trabajábamos entonces como editores en Ediciones SM. Ese año yo fui a la Feria del Libro de Frankfurt y el primer día me topé con El ponche de los deseos en el stand de Thienemann, la editorial habitual de Ende. Era la novedad de la feria y estaba publicitado por todas partes. Rápidamente informé a la dirección de la editorial y la consecuencia de ello fue que al día siguiente ya tenía un ejemplar alemán en mis manos para leerlo en la propia feria. Se contrató allí mismo y volvimos a Madrid con idea de publicarlo lo antes posible. La editorial quería sacarlo esas mismas Navidades. Así que se nos pidió a Jesús Larriba y a mí que dejáramos todo lo que teníamos entre manos y nos dedicáramos exclusivamente a la traducción del libro. Lo bueno fue que Jesús y yo nos compenetramos bien. En realidad, él se dedicó básicamente a la narrativa, y yo a las canciones y las rimas, y también a volcar el texto al ordenador -entonces, Jesús traducía a mano- y a la corrección final. Pero estábamos juntos, en el mismo despacho, y eso nos permitía consultarnos todas las dudas y buscar las soluciones juntos… Está claro que cuatro ojos siempre ven más que dos. De todas formas, es un libro que habría requerido mucho más tiempo y eso no nos lo permitieron. En este caso, los «hombres grises de SM» también nos robaron el tiempo.

Portada de la edición alemana
N: En alemán el nombre hiperlargo del ponche está integrado en el título, pero en español aparecía debajo en la edición de SM del 89 e incluso, en ediciones posteriores, se eliminó lo de «genial...». ¿Se decidió quitarlo por algún motivo aparte de que es extremadamente largo y parece un trabalenguas?
M: Bueno, en principio eso era así porque en alemán el adjetivo se pone delante y en español detrás, y una palabra tan larga había que integrarla de algún modo en el diseño, sin más. Después, en las siguientes versiones, no sé por qué motivo se decidió quitar la palabra de la cubierta. Yo hubiera preferido que se quedara. A Ende le gustaba jugar con las palabras y esa palabra-catalejo, como la denomina él en el libro, es una muestra más de su ingenio. A mí me parece divertida y creo que a los lectores les llama mucho la atención. Para mí reconstruirla a partir de la alemana fue un reto que necesitó, como los poemas, cierta adaptación. Pero creo que quedó bien y que funciona, como funcionaba en su momento el supercalifra… de Mary Poppins, por ejemplo. Y en el libro, por supuesto, tiene su razón de ser: es, como el famoso Abracadabra…, una palabra mágica, necesaria para hacer un encantamiento, «genialcoholorosatanarquiarqueologicavernoso» .

N: ¿Recuerdas qué criterio seguisteis para la traducción de los nombres de los personajes?
M: En general, los nombres suelen quedarse como están, sobre todo si las novelas son realistas y están localizadas en un lugar concreto. Sin embargo, aquí hay que contar con que nos encontramos en un laboratorio de magia, en un lugar frío y en la noche de San Silvestre, pero no se trata de ningún país concreto… El autor no nos da detalles.  Además, muchos de los nombres tienen significado. Está claro que este es importante para la historia, porque el autor lo ha decidido así. Eso ocurre cuando incluyen en el término cualidades del personaje, de algún modo lo retratan. Entonces, entiendo que hay que traducirlos para que el lector español tenga la misma información que tenía el alemán. Lo más literalmente posible, sí, pero también es importante la sonoridad de los mismos.
Algunos ejemplos:
Beelzebub Irrwitzer -irrwitzig es absurdo, descabellado- pasó a ser Belcebú Sarcasmo, un apellido que enlaza claramente con la forma de ser del personaje.
Tyrannja Vamperl se transformó en Tirania Vampir.
Maledictus Made: Maledictus Oruga (que es precisamente lo que significa Made)
Jakob Krakel: Jacobo Osadías (cuervo). Krakel es barullo y kraken, armar bronca. El cuervo es claramente muy osado, dice siempre lo que piensa y no se corta ante nada.

N: Otra particularidad a destacar de esta novela son las rimas de los hechizos. ¿Te resultó complicado?
Sí, fue complicado. En realidad, creo que es el libro en el que Ende se acerca más a las técnicas del cabaret literario, de las obras teatrales que escribió durante años. No son poemas, son más bien canciones de una comedia musical muy ácida, muy política. Intenté conservar la rima en todas ellas. En cuanto al contenido, podrían dividirse en dos tipos. Unas tienen mucho sentido y son muy irónicas. Son las que hablan del mundo de hoy en día de una manera muy crítica y hay que contar con que el libro está escrito hace veintisiete años nada menos, pero sigue siendo profundamente actual al tocar todos esos temas: la excesiva importancia del dinero, el consumismo, los ataques contra la Tierra, (fauna y flora), la contaminación, el armamentismo, la corrupción. Evidentemente, todos esos mensajes debían permanecer en la versión española y sujetos a la rima. Por otro lado, nos encontramos con unas canciones absolutamente lúdicas en las que se señalan los ingredientes necesarios para que el ponche funcione. En muchas ocasiones se trata de palabras inventadas siguiendo el arte clásico de la hechicería: sortilegios endemoniados. En esos casos, intenté conservar las raíces de las palabras inventadas por Ende, otorgándoles desinencias a la española.

N: Me resulta gracioso cuando dice «humanada» en vez de «cerdada» porque los cerdos no hacen nada. ¿Schweinerei/Menscherei?
M: Sí, eso está así en el original alemán. Es un invento de Ende y tenía toda la razón del mundo: ¿por qué decir «cerdada» cuando los causantes de esos desaguisados son los propios humanos?

N: Y para finalizar, hablemos de cómo termina, al igual que La historia interminable y Momo, con su apellido «Que Ende-fin-itiva significa». ¿Cómo aparecía en alemán y qué te parece vuestra solución vista con la perspectiva de los años?
M: Ende tenía un nombre perfecto para jugar con él y emplearlo en los finales. En algún lugar leí que los profesores en el colegio al que iba ya lo aprovechaban para hacer frases del tipo «Por fin (Ende) ha acertado la respuesta» y cosas así. Tal vez fuera su pequeña venganza contra lo mal que se lo hicieron pasar. En todo caso, habría sido una pena desperdiciarlo. Yo me limité a adaptar algo el texto para no perder el juego. Si traducía el refrán exclusivamente (Bien está lo que bien acaba), los lectores no verían el apellido de Ende por ningún sitio. Además, los lectores niños no tienen por qué saber que Ende significa «fin». Por eso le añadí la frase «Que Ende-FIN-itiva significa». Por otro lado, a lo largo del libro el cuervo repite varias veces «Esto acabará mal» (das wird böse enden), que nosotros adaptamos con: «esto tendrá un mal endesenlace», aprovechando que el cuervo a veces se equivoca (dice «reumaticismo», por ejemplo).

N: Si tuvieras que elegir una obra de Michael Ende, ¿con cuál te quedarías? ¿Alguna escena o imagen preferida?
M: En general, toda la producción de Ende me parece muy interesante y realmente valiosa. No es solo La historia interminable, aunque sea la más conocida o la de mayor envergadura. Todos los libros, ya sean álbumes o novelas extensas, encierran ideas brillantes. Siempre me ha gustado mucho El secreto de Lena, que traduje en 1991. Parte de una idea casi irreverente: una niña que decide dar un escarmiento a sus padres porque está harta de que no la obedezcan. Así que los vuelve pequeños, para que sufran. El final es más «políticamente correcto» -aunque Ende odiase ese término-, pero la idea es brillante, y por supuesto el tiempo y los relojes tienen la clave.

N: Desde el punto de vista de editora, ¿crees que en la actualidad existe algún autor semejante a Ende?
M: Confieso que ahora yo ya no puedo estar al tanto de todo lo que se publica, como me ocurría en otra época. La oferta me desborda por completo. Por lo que sé, hay muchísima literatura fantástica, pero suele ser más épica, más de aventuras. Me atrevería a decir que más convencional y ni mucho menos tan crítica ni tan reflexiva como lo es la obra de Ende. En Alemania surgió hace años Ralf Isau, un autor que estaba muy influido por Ende y que escribió varias novelas interesantes, de calado, desde mi punto de vista. Alguna, como El museo de los recuerdos robados, se publicó en nuestro país, pero -no me preguntes por qué- no alcanzó la repercusión que se merecía. De la literatura inglesa o americana no me atrevo a hablar porque no la conozco a fondo. En cuanto a la española… deberíamos nombrar a Laura Gallego, una lectora empedernida y apasionada de Ende. Su obra tiene un estilo propio y consolidado que avalan millones de lectores, pero hay determinados títulos –El coleccionista de relojes extraordinarios, por ejemplo- y determinados pasajes en los que veo cierto homenaje al Maestro: momentos más humorísticos, descripciones de acumulaciones de objetos en ciertos lugares, luchas dialécticas entre personajes, diálogos muy teatrales...

Muchas gracias, Marinella, por querer colaborar conmigo en esta charla. Gracias también a la Casa del Lector por volver a cederme su espacio y a la editorial Anaya por los libros que nos regaló para el sorteo. Y, por supuesto, gracias a todos los que os acercasteis a oírnos a pesar del temporal que nos acompañó aquel día.

Terzi, Marinella. El hijo del pintor. Anaya: Madrid, 2015. Ilustraciones de Beatriz MartínVidal.

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